El sueño del partido sin vida partidaria

Publicado: 14 enero 2016 en Sin categoría

Carlos Alza Barco

Director de la Escuela de Gobierno PUCP

 

Hoy los partidos son meros vehículos personalistas con fines electorales. Mientras que en un partido se construye colaborativamente, pero también se negocia y se compite democráticamente, en los partidos de hoy, los demás se unen o se desunen en función a una candidatura. La afinidad ideológica o programática tampoco parece importar mucho. La evidencia es que las alianzas se dan antes de armar los planes de gobierno, instrumentos que terminan siendo una amalgama de generalidades y aparentes buenas intenciones. Si en el Perú todo el mundo tiene el sueño del partido propio, también es cierto que son partidos sin vida partidaria real, solo son grupos de gentes desesperadas por el cargo, con vocación de tener una posición política antes que de usar el poder para transformar positivamente nuestra realidad.

 

En las elecciones presidenciales del 2016, ya tenemos 20 candidatos a la presidencia de la república y tendremos 2600 candidatos al Congreso de la República, reflejo de una aguda crisis de representación y del sistema de partidos. La crisis de partidos políticos no solo está en su inexistencia sino sobre todo en la fragmentación que genera en el Congreso y la dificultad en el proceso de toma de decisiones –es muy difícil llegar a acuerdos-, así como en la baja confianza de los ciudadanos en aquellos. Surgen los nuevos métodos de representación fugaces que el politólogo Mauricio Zavaleta ha llamado con precisión “coaliciones independientes”. Estas se caracterizan por ser de carácter personalista, todo gira alrededor del líder, los jales, los puestos, las decisiones, etc.. También son fugaces, participan en dos o tres elecciones y terminan siendo muy débiles o desapareciendo como Fuerza Social, Somos Perú y Unión por el Perú.

 

Ciertamente este proceso no es nuevo, desde inicios de los noventa han aparecido partidos y movimientos locales en cada elección y se han producido sorpresivas alianzas. Asimismo, se ha agudizado la brecha entre la representación nacional y la subnacional. Los partidos nuevos que ganaron al menos 5% del voto nacional son personalistas, creados para una candidatura presidencial específica. Recordemos que en los años 80, los cuatro principales partidos que conformaban el sistema concentraron más del 90% de los votos en todas las elecciones de la década. Luego, tanto la crisis económica, el terrorismo senderista y la pésima actuación de la clase política terminaron por desprestigiar a los partidos y dieron lugar a los “outsiders” y coaliciones. Así estamos desde entonces.

 

Hay algo peor aún y es que en el Perú parece absolutamente posible que un personaje sin ninguna experiencia política, de Estado, sin trayectoria partidaria, ni organización política pueda ser elegido Presidente o Presidenta. Gobernar se ha vuelto un asunto de advenedizos improvisados antes que de profesionales de la política. ¡Claro! Si los profesionales de la política están procesados por corrupción, se venden al mejor postor, están altamente cuestionados por otros asuntos igualmente graves (violencia familiar, pederastia y narcotráfico) o prometen una vía y gobiernan en otra.

 

Por eso la reforma electoral es importante. Una de sus misiones es impedir que los “partidos” sigan multiplicándose desmesuradamente. Aún falta la abolición del voto preferencial que junto a otras medidas pueden ayudar. Ciertamente cada una de las medidas de manera aislada no resuelve el problema. Se trata de una reforma electoral per o también de una reforma política más integral. También hay que discutir la propiedad y viabilidad de reformas que proponen la prohibición de alianzas para participar en una elección, lo cual obligaría a los partidos a trabajar de manera más ardua para superar la valla electoral, esto supondría tener cuadros mejor preparados o una vez ganada la elección realizar una gestión eficiente y limpia; y el fortalecimiento de las instituciones electorales (ONPE y JNE) para que puedan ejercer una mejor labor de fiscalización, sanción y control de los partidos políticos.

 

Sin embargo, y aquí sigo a Zavaleta nuevamente, uno de los temas centrales a revisar es la ineficacia de la valla electoral del 5% que no ataca el problema del transfuguismo institucionalizado. Los congresistas electos entre el 2001 y el 2011, y los candidatos que resultaron en el primer o segundo lugar en las elecciones a gobernaciones entre 2002 y 2014 han pertenecido en promedio a más de 2 partidos políticos. Como bien dice Zavaleta, la valla electoral solo es un tamiz para reducir la representación parlamentaria de los partidos menos votados, pero ser un partido con votos no es igual a un partido institucionalizado. ¿Qué nos queda entonces? El financiamiento de los partidos que superen el 5% en elecciones generales. Kathleen Bruhns hace una comparación entre los niveles de institucionalización de los sistemas de partidos en América Latina entre 1995 y 2010, los países que asignaron mayores montos al financiamiento público partidario durante los noventa mantuvieron o mejoraron los niveles de institucionalización de sus sistemas de partidos (Brasil, México y Uruguay). En países con financiamiento moderado o inexistente, sus niveles de institucionalización decrecieron (Chile, Colombia, Argentina, Venezuela y Perú). Si no hay incentivos a pertenecer y permanecer en partidos de manera institucional y con continuidad, seguiremos teniendo “políticos de alquiler”, seguiremos viviendo de la “contingencia política”, seguiremos abonando el sueño de aquellos que quieren el partido propio… sin partidos con vida partidaria.

 

Nota aparecida en RPP el 15 de enero de 2016. Ver aquí

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