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CUATRO AMIGOS EN EL BAR…

Somos cuatro. Discutiendo sobre la vida, el amor y el sexo. Las risas van y vienen. Pedro, lleno de triCUATRO AMIGOS...bulaciones, recuerda los celos de su “gata fiera” y los presuntos conflictos psicoafectivos de su mejor amigo; acaba de cumplir 24 y terminó la universidad. Ahmed, 26 años, propone un brindis por las mujeres vírgenes y recuerda con cariño a su ex novia hoy migrante en Madrid. El silencio inunda el espacio. Luego vienen las risas. El tercero, José Augusto, un maestro de 50, nos narra su outing frente a la madre y las hermanas a los 45 y un tórrido romance con su novio guatemalteco. El cuarto tiene 35 años. Como dice su facebook, “alguien que busca, no encuentra, lo encuentran y sigue buscando”. Pero nada de tristezas, las risas vuelven al unísono mientras el vino se ventila en las copas por tan sólo unos minutos antes de ser consumido. La discusión sobre la moda, “El Padrino”, Charly, la Navidad, los sueños y la Gestión Pública no para. Una gran noche.

¿Qué tienen en común cuatro hombres de edades diferentes en un bar de Miraflores (Babilonia bar & lounge. Valga el publicherry!)? Los problemas de pareja, los amigos y sus conflictos, las búsquedas y las identidades no resueltas, de uno o de los otros, los celos, la esperanza, el horizonte sobre una vida que unos recién empiezan, creyendo conquistarlo e inventarlo todo; y que otros … reconquistan y reinventan a los 30, a los 40 o a los 50. No hay límite.  La música suena: Pet Shop Boys, Madonna, Erasure –todo en versión electrónica- y los infaltables Micrófonos (dejaré por ahora los tambores que tanto entusiasmaron a los jovenzuelos y –debo admitirlo Ahmed- sí, es una canción pacifista pues las bombas no tienen micrófono!!).

Algunos amigos –y especialmente los mejores- suelen cuestionar por qué tiendo a rodearme de personas con edades muy diferentes a la mía. Mayores o menores. “Y lo peor: los mezclas”, me dicen. Pareciera que hay una aversión a la pluralidad generacional. Y pareciera también que hay la convicción de que la brecha generacional es insuperable. Menosprecio de los jóvenes por inexpertos, satanización de los adultos por responder a tradiciones caducas. Ocurre pero no son absolutos.

Todo esto se traduce también en la política, en la administración pública y también, pero mucho menos, en la gestión empresarial. Quizá debamos aprender también de ella. La juventud en el sector público sigue siendo para muchos un demérito más que un mérito. La percepción de que la probabilidad del error se acentúa durante la juventud no siempre es verdad. Por el contrario, en el sector privado, normalmente, los jóvenes son sinónimo de innovación, creatividad y, sobre todo, renovación permanente de energías. No son pocos los casos de ministros, directores, gerentes o alcaldes, cuya juventud ha significado un aporte sustancial en términos de innovación en la gestión y la regulación.  También hay de los otros. Lo que a veces falta en la juventud es la modestia de reconocer que hay una historia que les antecede y de la que se tiene que aprender. Necesitamos, sin embargo, que jóvenes ingresen más pronta y responsablemente al sistema político y a la administración pública. Es indudable el mérito del ímpetu, así como de la experiencia.  Compartía estas ideas hace poco en el Encuentro Nacional de Actores Políticos – ENAP 2009, en Trujillo, mientras intentaba esbozar, a su solicitud, algunas líneas de política para el próximo quinquenio.

Creo que me desvié del tema. Lo que quería compartir, en todo caso, es la idea de que quizá sea, precisamente ésta, la razón que explica mi insistencia: la riqueza que encuentro en el compartir historias que nos dicen mucho de la vida que alguna vez vivimos, o que viviremos. La evidencia de que en ese compartir florecen las más claras coincidencias sin importar edad. Respecto de la vida que vivimos hoy, sólo queda eso, compartirla con gracia y libertad, tomando un buen vino, compartiendo una tabla de quesos y seguros de que la amistad sincera supera cualquier diferencia de edad.